martes, 17 de julio de 2012

Encuentro con migrante


Salí del trabajo como todas las noches de martes. Fui a la tienda por un paquete de cigarros, prendí uno y subí al auto. Tomé el camino de siempre, doblé a la derecha y llegué hasta el semáforo que cruza con avenida Juárez. Llovía y la ventana del auto, apenas entreabierta, me dejó ver a un hombre de estatura mediana que con señas pedía ayuda. Por la zona en la que estaba, pensé que era un vagabundo que pediria dinero para poder consumir un poco de droga. No, no era así.

No tuve esa sensación que me da la gente de malas intenciones. Sabía que podía confiar en él, así que orillé el automóvil y apagué la música para poder escuchar lo que decía. El hombre necesitaba saber cómo llegar a Cuautitlán caminando. Le dije que a pie sería imposible. Me mostró un trozo de papel en donde tenía escrita una dirección; buscaba una casa migrante en Lechería, Estado de México. No podía mentirle, le dije que justo unos días atrás habían cerrado el lugar.

Con un rostro cansado me dijo que llevaba poco más de siete horas caminando y comenzó a contarme lo que había sucedido. Viajaba en un camión que lo llevaría hasta ese lugar y ahí tomaría el tren conocido como "La bestia" para ir a Sonora y luego cruzar a Estados Unidos. 

El camino comenzaba a complicarse. En un retén lo bajaron a él y a otros once migrantes centroamericanos, de los 49 que viajaban en el autobús. Les dijeron que si los agarraba migración los deportarían, pues no sabían leer ni escribir.

Seguía lloviendo, yo aún tenía el cigarro prendido. Tracé en mi mente el camino que él debía seguir. Saqué una libreta de la que pocas veces arranco hojas, tomé una pluma y le escribí su destino. Mientras yo anotaba, el hombre preguntó si bajaría aún más la temperatura. Cada vez que volteaba a verlo mi cabeza fotografiaba su rostro, su vestimenta, sus manos.

Usaba barba bien poblada, una camisa a cuadros entre azul y gris. No pude distinguirla bien por lo obscuro del lugar y por lo mojada que estaba su ropa por la lluvia. En las manos tenía un recipiente de unicel con algo de comida que le habían regalado. 

Terminé de escribir y le expliqué el recorrido. Debía tomar el metro y llegar hasta la estación Buenavista; de ahí tomaría el tren suburbano hasta Lechería. Le dije que yo no conocía el lugar. Apenas identificaba el nombre de la zona porque una novia que tuve en la prepa me dijo alguna vez que vivía por allá. Nunca la visité. Una vez ahí, podía preguntar cómo llegar a la casa migrante.

Por obvias razones le inquietaba el costo del recorrido. Tomé lo que traía en la bolsa y se lo dí, no pasaban de 15 pesos. Nuevamente preguntó por las condiciones del clima, y contesté que probablemente seguiría lloviendo toda la noche, que era mejor que esperara a que amaneciera y entonces continuara con su camino.

Antes de despedirnos le pregunté sobre su origen, era del Departamento de León, en Nicaragua. Me llamaba hermano cada vez que quería preguntar algo. Le dí los papeles con la ruta escrita, los guardó en la bolsa de su camisa. Se hizo un lío con el recipiente que tenía en las manos para estrechar la mía, agadecer la ayuda y bendecirme. 

Su mano era de una persona trabajadora, fría, rasposa. Le desee suerte en su camino subí la ventana y arranqué. 

El trayecto a casa ya no fue el mismo. Sabía que había ayudado a alguien, pero no lo suficiente. Bien pude subirlo al auto y llevarlo a la estación del suburbano. No lo hice. También pude darle un poco más de dinero, tal vez para que tomara un café, comiera algo y pudiera realizar el recorrido. Hice sólo una parte de lo que debí hacer. El me llamó hermano y no le respondí como tal. 

Apenas el lunes leí en el diario la crónica de una compañera reportera que contaba la historia de una migrante guatemalteca varada en Coatzacoalcos, Veracruz que esperaba "La bestia" con el mismo objetivo de aquel hombre. Fue entonces cuando fui plenamente consciente del fenómeno migrante. 

No son sólo ellos dos quienes viajan horas, caminan días, pasan hambre, frío, humillaciones, vejaciones y discriminación para poder cruzar a Estados Unidos. A esta hora de la noche lo único que pude hacer es escribir lo que me ocurrió.

PD. Nunca supe su nombre.