martes, 1 de octubre de 2013

El fútbol, mi papá y yo

La primera vez que estuve en un estadio fue hace poco más de 13 años. Aún guardo el boleto de ese 30 de enero del año 2000, un Atlante vs Pumas en el Azteca.

Era domingo, mi papá y mi tío Carlos se animaron a llevarnos a ver un partido como se debe, no en la televisión, sino en la tribuna de un estadio. 

Salimos de la casa de mi tío en la colonia Guerrero en la camioneta pickup verde que mi papá usaba en su trabajo. Después de cruzar toda la ciudad llegamos a Santa Úrsula. Caminamos hasta la taquilla y ellos, los grandes, se encargaron de comprar los boletos. Éramos cinco, al final, otro primo se coló al ritual masculino de padres e hijos que significa ir al estadio de fútbol.

Entramos, era imponente. Ver el estadio desde una pantalla de 21 pulgadas no es lo mismo que tenerlo frente a ti. Yo tenía once años, no era tan niño, pero tampoco era un joven que pudiera asistir al estadio sin la supervisión de alguien, y qué mejor que de su padre.

Mientras escribo este recuerdo, se me vino a la cabeza una canción de Andrés Calamaro. Dice así: "Cuando era niño, y conocí el estadio Azteca, me quedé duro. Me aplastó ver al gigante, de grande me volvió a pasar lo mismo...".

De la mano de mi padre entré a aquel templo donde los más grandes futbolistas de la historia habían logrado lo que muchos no hacen durante su corta carrera. Pelé y Maradona, en ese orden, fueron campeones del mundo ahí. Jugaron en esa cancha, la hicieron mítica.

La primer imagen del césped la tuve desde el túnel que llevaba a los asientos que habían comprado. Yo disfrutaba cada momento que pasaba junto a mi padre.

Ese día el marcador no fue tan importante como lo que significaba para mi haber ido por primera vez con él a ver un juego. Pumas ganó 1-0.


La tarde fue redonda.

Luego conocimos juntos el Olímpico Universitario en CU acompañados de más familia. Pero tres años más tarde, ya en 2003, él y yo solos de nuevo en el Azteca, vimos jugar al Barcelona. 

Aquella vez fue más difícil convencerlo de ir al fútbol, y fui yo quien con unos ahorros junté lo suficiente para su boleto y el mío. No hacía falta alguien más.

Le proveí de una playera del Manchester United, yo usé una del Milán que un tío me había traído de su viaje por tierras lombardas. Ninguno usaba la del equipo que jugaba, pero era buena ocasión para portar la de algún club europeo.

Esa vez viajamos en metro, iba lleno. Estaba lloviendo, pero mojarnos un poco no iba a impedir que disfrutáramos el partido. Mi papá había ido a trabajar y yo a la prepa. Era justo lo que necesitábamos los dos para olvidarnos de cualquier cosa que haya pasado ese día. Yo realmente no pensaba en más. Sólo quería que dieran las 8:30 para entrar al estadio.

Me ilusionaba ver a jugadores como Ronaldinho, Márquez, Davids, Kluivert, etc. El brasileño había sido fichado por los blaugrana meses antes, y el boleto decía "Debut de estrellas". ¿Qué podía ser mejor?.

Desde aquel día siempre he pensado en que cuando tenga un hijo lo llevaré al estadio, y ojalá le quede un recuerdo tan inolvidable como el que hoy escribo.

Mi viejo compró refrescos para los dos. Era un miércoles, miércoles 1 de octubre de hace 10 años, el día que mi papá y yo regresamos al Azteca a ver un partido de fútbol.

martes, 28 de mayo de 2013

Lluvia de imágenes


Puedo decir que el domingo estuve en los noventa minutos que más imágenes dejaron en mi cabeza. Antes había visto a mis Pumas ser campeones contra Morelia en Ciudad Universitaria, la disfruté como nunca. Pero en esta final no apoyaba a ninguno, fui como aficionado y amante del futbol.

Me saltaré la parte en la que casi me deja fuera del estadio un mal sistema de venta de boletos. Al final entré, y quizá me tocó ver el juego desde el mejor lugar y no hablo de un palco o un asiento cercano a la cancha.

La lluvia me causó una confusión tremenda. Durante buena parte del juego, la asociaba con las lágrimas de los locales, que veían caer a su equipo en su propia casa. En la cabecera que estuve, las lágrimas eran de ansiedad, de añoranza. No es fácil pasar 16 años sin alegrías.

A mi lado derecho, un joven que coreaba todos, completos o no, los cánticos de la barra azul, la que aprendí se autollama "Del tablón". También aprendí que esa misma hinchada está predestinada a una historia, aunque cambien los actores.

Una playera celeste en la mano, una cerveza en la otra, no más de 20 años. Su cerveza terminó en mi suéter, ya mojado por el clima. Se disculpó pero no tenía por qué hacerlo. Yo entendí perfectamente que su euforia provocaría en algún momento una reacción así. 

Pasaron los minutos, quedaban treinta para el final. Mi bebida ya tenía más gotas de lluvia que de alcohol. El joven, seguro de la victoria de su equipo, hacía invitaciones al festejo del título. Sugirió el Ángel, pero el monumento no los esperaba a ellos. 2-0 parecía cómodo faltando tan poco y con un jugador más que el rival.

A mi costado izquierdo, un hombre originario de Mérida. Lo supe porque teníamos algo en común, no éramos aficionados de ninguno de los dos que disputaban el juego que veíamos. Yo sentado en la escalera, él en el último asiento de la grada. 

Me dijo: "¿la tuvieron muy fácil, no?", yo asentí. No teníamos idea de lo que sucedería. En voz baja criticábamos las frecuentes fallas del equipo visitante, se nos hacían un mal presagio. 

En ninguna de las finales pasadas (perdidas), los de la cruz en el pecho habían sentido tan de cerca un título como el domingo. No había mejor escenario para terminar con su malaria que dejando en ceros al rivalde Coapa y en su casa.

Al minuto 88' ocurrió lo que el resto del estadio esperaba desde la ida, cayó el gol... Fue un silencio en el que con el ambiente suspendido, me di el tiempo para ver cómo reaccionaban ambas aficiones. El silencio de todo el estadio duró el tiempo que tardó el balón en entrar al marco. Apenas un segundo, el segundo más largo. Luego todo fue esperanza para los de enfrente y el recuerdo más terrible para los que vestían de azul.

"No pasa nada, ya somos campeones, queda un minuto", no sé quién dijo. Me reí discretamente como recordando las otras finales perdidas por su equipo.

Las aficiones cambiaron de ánimo. El triste y callado azulcrema gritaba arengaba a sus once. El celeste se refugiaba en el gol que les quedaba de ventaja, pero ya veían cerca una debacle. Y pasó. 

El portero rival fue a rematar un tiro de esquina, su cabezazo estaba predestinado a irse por la línea de fondo pero un defensa le cambió el rumbo y lo puso de cara a la portería.

Las lágrimas o la lluvia, lo que haya sido, se volvieron más intensas. Habría más minutos para jugar, pero menos equipos, uno estaba en la lona. Jamás olvidaré ese momento en que el líder del visitante se tiró de rodillas en el centro del campo y golpeó al pasto como recriminándole algo.

Nadie tenía la culpa más que ellos. Lo demás es historia. No hubo goles hasta llegar a los penales. Recogí un impermeable que me compré a la entrada del partido, cuando iniciaba la lluvia. Ahora lo usaría para protegerme de cerveza, en el mejor de los casos. Una vez listo, comenzó el volado desde el manchón. Horas después leí que en las monedas hay un águila, no una cruz.

Después del primer tiro, llovía más fuerte, pero solo de este lado. Era quizá el llanto de una afición desesperada, desconcertada o quizá hasta ya acostumbrada al sufrimiento. Las burlas, amenazas, groserías que no había visto en todo el partido, cayeron precipitadamente.

En cinco minutos el futbol nos regaló tantas imágenes, de esas que no podemos ver por tv. Al salir fui al baño, desde donde escuchaba llantos desgarradores, como si alguien hubiera muerto. Tal vez sí era así, la que moría era la esperanza de una afición resignada a ser el primero de los perdedores, ese honorable sitio que tiene el segundo lugar.

Pd. Ya no tuve tiempo de ver al dueño festejar sin playera. Pero eso lo vi por televisión.